viernes, 18 de mayo de 2012

El Pájaro del Alma de Mijal Snunit


Hondo, muy hondo,

Dentro del cuerpo habita el alma

Nadie la ha visto nunca

Pero todos saben que existe

Y no solo saben que existe,

Saben también lo que hay en su interior.
Dentro del alma,
 en su centro,
está, de pie sobre una sola pata,
un pájaro: el Pájaro del Alma.
Él siente todo lo que nosotros sentimos.
Cuando alguien nos hiere,
El Pájaro del Alma vaga por nuestro cuerpo,
Por aquí, por allá, en cualquier dirección,
Aquejado de fuertes dolores.
Cuando alguien nos quiere,
El Pájaro del Alma salta,
Dando pequeños y alegres brincos,
Yendo y viniendo,
Adelante y atrás.
Cuando alguien nos llama por nuestro nombre,
El Pájaro del Alma presta atención a la voz
Para averiguar qué clase de llamada es ésa.
Cuando alguien se enoja con nosotros,
El Pájaro del Alma se encierra en sí mismo
Silencioso y triste.
Y cuando alguien nos abraza,
El Pájaro del Alma,
Que habita hondo, muy hondo, dentro del cuerpo,
Crece, crece,
Hasta que llena casi todo nuestro interior.
A tal punto le hace bien el abrazo.

Dentro del cuerpo,

Hondo, muy hondo, habita el alma.

Nadie la ha visto nunca,

Pero todos saben que existe.

Hasta ahora no ha nacido hombre sin alma.

Porque el Alma

Se introduce en nosotros cuando nacemos,

Y no nos abandona

Ni siquiera una vez mientras vivimos.

Como el aire que el hombre respira

Desde su nacimiento hasta su muerte.

Seguramente quieres saber
De qué esta hecho el Pájaro del Alma
¡Ah! Es muy sencillo:
Está hecho de cajones y cajones;
Pero esos cajones
No se pueden abrir así nada más.
Cada uno esta cerrado por una llave muy especial.
Y es el Pájaro del Alma
El único que puede abrir sus cajones.
¿Cómo? También eso es muy sencillo:
Con su otra pata.

El Pájaro del Alma esta de pie sobre una sola pata;
Con la otra-doblada bajo el vientre a la hora del descanso-
gira la llave, moviendo la manija, y todo lo que hay dentro
se esparce por el cuerpo.
Y como todo lo que sentimos tiene su propio cajón,
El Pájaro del Alma tiene muchísimos cajones.
Un cajón para la alegría
Un cajón para la tristeza,
Un cajón para la envidia
Un cajón para la esperanza,
Un cajón para la decepción
Un cajón para la desesperación,
Un cajón para la paciencia
Y una cajón para la impaciencia.
También hay un cajón para el odio
Y otro para el enojo,
Y otro para los mimos.
Un cajón para la pereza
Y un cajón para nuestro vacío,
Y un cajón para los secretos mas ocultos
(éste es un cajón que casi nunca abrimos).
Y hay más cajones.
También tú puedes añadir todos los que quieras.
A veces el hombre puede elegir
Y señalar al Pájaro, qué llaves girar, y qué cajones abrir.
Y a veces es el pájaro quien decide.
Por ejemplo:
El hombre quiere callar
Y ordena al pájaro abrir el cajón del silencio;
Pero el pájaro, por su cuenta, abre el cajón de la voz,
Y el hombre habla, y habla ,y habla.
 
Otro ejemplo:
El hombre desea escuchar tranquilamente,
Pero el pájaro abre, en cambio, el cajón de la impaciencia:
Y el hombre se impaciencia.

Y sucede que el hombre sin desearlo siente celos;
Y sucede que quiere ayudar y es entonces cuando estorba.
Porque el Pájaro del Alma no siempre es un pájaro obediente
Y a veces causa penas…
De todo esto podemos entender que cada hombre es diferente
Por el Pájaro del Alma que lleva dentro.
Un pájaro abre cada mañana el cajón de la alegría;
La alegría se desparrama por el cuerpo
Y el hombre esta dichoso.

Otro pájaro abre, en cambio, el cajón del enojo;
El enojo se desparrama y se apodera de todo su ser.
Y mientras el pájaro no cierra el cajón,
El hombre continúa enojado.
Un pájaro que se siente mal,
Abre cajones desagradables;
Un pájaro que se siente bien,
Elige cajones agradables.
Y lo que es mas importante:
Hay que escuchar atentamente al pájaro.
Porque sucede que el Pájaro del Alma nos llama,
Y nosotros no le oímos.
¡Qué lástima!
Él quiere hablarnos de nosotros mismos,
Quiere platicarnos de los sentimientos que encierra en sus cajones.
Hay quien lo escucha a menudo.
Hay quien rara vez lo escucha.
Y quien lo escucha sólo una vez.
Por eso es conveniente
Ya tarde, en la noche,
Cuando todo esta en silencio,
Escuchar al Pájaro del Alma
Que habita en nuestro interior,
Hondo, muy hondo, dentro del cuerpo.
Ilustración de Francisco Nava Bouchaín.

miércoles, 9 de mayo de 2012

La Princesa y el Pirata de Alfredo Gómez Cerda y Teo Puebla


La princesa Filomena vivió hace muchos años en un lejano país y en lo alto de una torre de marfil y plata.

La torre de marfil y plata se alzaba junto a la orilla del mar. Desde lo alto algunos días, el mar parecía confundirse con el cielo igualmente marino. No se distinguía bien donde terminaba el uno y comenzaba el otro.
Al atardecer, los últimos rayos del sol incendiaban alguna nubecilla y teñían de púrpura las paredes de la torre. Entonces, la princesa Filomena se asomaba a una ventana y, con gran parsimonia, peinaba sus largos y negros cabellos. Al ritmo del peine, cantaba una suave y dulce canción. Su voz se convertía cada tarde en un regalo para los sentidos. Hasta el impetuoso mar dejaba de agitarse durante unos minutos para escucharla.

Y así transcurría la vida de la princesa Filomena, tranquila y apaciblemente. Ella, sin duda, esperaba ese momento maravilloso que el destinto tiene reservado a todas las princesas. 
  Un día un jinete que motaba un impresionante caballo pardo escuchó a voz de la princesa Filomena. Espoleó al animal y se dirigió al galope hacia la torre de marfil y plata.

El jinete perdió el habla ante la visión de la princesa en lo alto, peinándose en la ventana.

-¡Oh!-solo pudo exclamar.

La princesa miró hacia abajo, detuvo el movimiento de su mano, dejando enganchado el peine entre sus cabellos, y preguntó:

-¿Quién sois?

-Soy un príncipe-contestó el jinete.
La princesa se asomó un poco más por la ventana y miró al príncipe por curiosidad, pues jamás había visto a uno, a pesar de ser princesa.

Luego, volvió a preguntarle:

-¿Y qué deseáis?

-En realidad-respondió el príncipe-me dirigía al bosque. Tengo que encontrar allí a Blancanieves, la pobre mordió una manzana envenenada y está como muerta. Siete enanos la custodian día y noche.

-¡Qué interesante!-exclamó la princesa-¿Y qué sucederá cuando lleguéis?
-Besaré a Blancanieves y el trozo de manzana envenenada caerá de su boca. Entonces recobrará la vida. Nos casaremos y seremos felices.

-¡Fantástico!-exclamó la princesa.

-Sí, fantástico-ratificó el príncipe con cara de resignación y luego, cambiando de tono, añadió-pero…¡Si quisierais!

-Si quisiera ¿qué?-se extrañó la princesa Filomena.

-Si quisierais me quedaría con vos. Abridme la puerta de la torre. Dejadme subir. Seremos muy felices los dos, siempre juntos.
La princesa Filomena sonrió para sí y, dando la espalda al príncipe, continuó peinándose sus largos cabellos negros.

El príncipe entendió la respuesta. Desilusionado, tiró de las riendas de su caballo, lo hizo girar y abandonó al galope aquel lugar, en dirección al bosque donde la bella Blancanieves le esperaba en su ataúd de cristal.
Transcurrió algún tiempo.

Un buen día, muy cerca de la torre de marfil y plata, se detuvo una soberbia carroza, tirada por seis corceles blancos hábilmente guiados por un cochero.

Un apuesto joven descendió de ella con un fino zapato de mujer entre las manos. Se colocó debajo de la ventana de la princesa Filomena y allí permaneció como lelo, escuchándola, hasta que ella se percató de su presencia y dejó de cantar.

-¿Quién sois? ¿Qué hacéis con un zapato entre las manos?

-Ay-suspiró el joven-. No puedo dar crédito a lo que ven mis ojos, a lo que mis oídos oyen, a todo lo que mis sentidos perciben…

-No habéis respondido a mi pregunta-insistió la princesa, indiferente a tanto halago.

-Soy un príncipe y busco a la dueña de este zapato.

-¡Qué risa!

-Anoche lo perdió en las esclareas de mi palacio.

¿Y no sabéis dónde se encuentra?

No, y eso y es lo malo. Llevo todo el día dando vueltas y probando el dichoso zapato, pero ahora…

-Ahora…¿qué?

-Ahora he quedado cautivado por vuestra voz y por todos vuestros encantos. Dejadme entrar en la torre y ,me olvidaré del zapato para siempre.

-¿Y la dueña?

-Que espere eternamente. Os aseguro que los dos seremos muy felices dentro de la torre.

Entonces la princesa Filomena se volvió dando la espalda al joven príncipe y continuó peinándose como si nada hubiese sucedido.

El joven príncipe regresó cabizbajo a su carroza y, sin soltar el zapato, se introdujo en ella. La carroza, tirada por los seis briosos corceles blancos, partió como una exhalación.
Y el tiempo, claro, siguió transcurriendo.

Otro día, un joven que pasaba por un camino próximo y que se dirigía a cazar por los alrededores, escuchó también el dulce canto de la princesa Filomena. Hizo callar a su inquieto lebrel y siguió la dirección de la hermosa voz hasta llegar a la torre. Allí sintió que su corazón volaba hasta la ventana donde la princesa peinaba su larga melena negra y suave. -¡Qué sorpresa tan grata!-exclamó.

Al oír aquella voz, le princesa Filomena dejó de peinarse y miró al joven.

-¡Un cazador!-se sorprendió.

-Aunque me veáis vestido de cazador-dijo el joven-, soy un príncipe. Pronto hederaré todas la posesiones de mi padre, el rey. Mientras llega ese día, ocupo mi tiempo en el noble arte de la caza.

-Pues no perdáis mas tiempo-replicó la princesa Filomena-.

Continuad vuestro camino.
En realidad…-prosiguió el joven príncipe-hoy no pensaba cobrarme ninguna pieza. Mi destino era bien distinto.

-¡Qué decís!-se extrañó la princesa.

-Debo perderme en la espesura del bosque. Allí encontraré a una bella joven que lleva cien años dormida.Un beso mío la despertará. Luego, nos casaremos y, además de reyes, seremos muy felices.

-¿Y qué esperáis para buscar a esa joven?

-Si me abrís la puerta de vuestra torre-continuó el joven con pasión-me olvidaré de la Bella Durmiente.
-¿Consentiréis que duerma eternamente?

-Consentiré.

No puedo creerlo.

-Os prefiero mil veces a vos. Abridme la puerta y me convertiré en vuestro vasallo más fiel.

La princesa Filomena bostezó con delicadeza, dejó que su mirada se perdiese entre las inquietas ondas del mar y, de nuevo, comenzó a peinarse.

El príncipe cazador prosiguió su camino en silencio, resignado y triste, seguido de su obediente y nervioso lebrel.
 
 Envuelto en una armadura que refulgía con los rayos del sol como una antorcha encendida, llegó otro día a la torre de marfil y plata un guerrero. Detuvo su marcha, también cautivado por la voz de la princesa Filomena que, como cada tarde, cantaba mientras peinaba sus largos cabellos.
-¿Sois realidad o fantasía?-preguntó el guerrero.
-Y vos…¿Sois de este mundo con esta facha?-respondió la princesa con otra pregunta.
-Soy el Príncipe Valiente-replicó el guerrero, enarbolando su larga lanza.
-¿A nada teméis?
-Ni al mismísimo diablo en persona.
-¿Y a dónde os dirigís?
-A ninguna parte y a todas. Voy a luchar contra un dragón, contra diez monstruos contra cien fantasmas…
-¡Oh!
-Pero una palabra que pronuncien vuestros labios cambiará mi destino. Abridme la puerta de la torre y dejaré mis armas para siempre. Decid solamente “si.”
Pero la princesa no respondió y, como en otras ocasiones, se limitó a peinarse con lentitud y delicadeza.
El príncipe valiente aún insistió:
-Atadme al menos a la punta de mi lanza vuestro pañuelo. Seréis mi dama allí donde yo combata-y alargó su lanza hacia la ventana de la princesa Filomena.
Pero le princesa se hallaba sumida en el cálido regazo de una melodía que sus labios daban forma de manera inigualable.
Entre chirridos metálicos de armadura, el Príncipe Valiente se marchó desolado.
Y así pasaron días, semanas, meses…tal vez años enteros.

Un atardecer, un barco pirata pasó cerca de la costa, con su bandera negra ondeando al viento. En el castillo de proa, rascándose la coronilla por debajo de su sucio pañuelo de lunares, el capitán pirata oteaba el horizonte con su único ojo pegado a un anticuado catalejo.
El capitán pirata era un hombre alto y ancho, muy robusto y algo viejo, de barba larga y descuidada. Un parche negro cubría uno de sus ojos. Un garfio de acero remataba uno de sus brazos y una pata de palo algo carcomida y agrietada por la humedad, sustituía a una de sus piernas.

El barco pirata pasó muy cerca de la torre de marfil y plata. Muy cerca. Los últimos rayos de sol  de aquella tarde deben al barco un aspecto algo irreal y algo mágico, casi fantasmal.
Cautivada por aquella visión, la princesa Filomena dejó de cantar. El peine con el que alisaba sus cabellos negros se le escurrió de las manos y cayó al suelo.

-¿Quién eres?-preguntó le princesa Filomena.

-Un pirata-respondió el capitán pirata.

-¡Un pirata!
-O mejor dicho, soy un capitán pirata.
Pero…¿Un auténtico capitán pirata?

El capitán se miró de arriba abajo, como para cerciorarse, y repitió con seguridad.

-Si, un autentico capitán pirata. Eso sí, algo viejo y algo cansado.

-¿Has viajado mucho?-siguió preguntando la princesa Filomena llena de curiosidad.

-No he hecho otra cosa en mi vida.

-¿Has visto muchos países?

-Muchísimos. Tantos que, ahora no puedo acordarme de ninguno.
Atraca entonces tu barco en la orilla y ven a mi torre de marfil y plata-dijo la princesa Filomena y luego, sin poder evitarlo, soltó una larga y ruidosa carcajada.

-¡Oh no!-dijo entre risas-. Los piratas nos aburrimos en las torres de marfil y plata.

-¿Y a dónde irás entonces?

-Los piratas nunca sabemos cual es nuestro destino. Nos dedicamos a recorrer los siete mares, simplemente.

-Pero…¿Existen de verdad siete mares?-la sorpresa de la princesa Filomena iba en aumento.

-Siete, o diez, o cuarenta, o mil…¡Yo qué sé! Contar mares es la cosa mas complicada del mundo. Yo me limito a navegar por ellos.

-Entonces…¡me iré contigo!
La princesa Filomena dijo estas palabras con los ojos muy abiertos, como si de repente hubiese vislumbrado algo prodigioso.

-¿Conmigo?-se sorprendió el capitán pirata.

-Sí, contigo. Te ayudaré a contar los mares.

El capitán pirata volvió a rascarse la coronilla por debajo del sucio pañuelo de lunares.

-¿De verdad quieres venir conmigo?-insistió aún con incredulidad.

-Espérame a media noche.
Había luna llena y la torre de marfil y plata parecía recién labrada. La princesa Filomena, a la media noche, abrió la puerta y corrió hasta la orilla del mar.

El capitán pirata la esperaba en una vieja barca de remos. Le tendió su mano grande y fuerte y la ayudó a subir. Luego, impulsada por la fuerza del capitán pirata, la barca se deslizó suavemente hacia el navío.

El mar estaba en calma y la sensación de inmensidad emocionó a la princesa.

Una vez en el barco, el capitán pirata bebió un largo trago de un ron abrasador, se secó la boca con la maga de la camisa y miró a la princesa con su único ojo.

-¿Quieres un poco?-le preguntó.

La princesa Filomena agarró la botella por el gollete y la empinó sobre su boca. Bebió un largo trago, hasta que el fuego de aquel líquido endiablado le quemó la garganta.
-Será una larga travesía-comentó el capitán pirata.

-Eso espero-respondió la princesa Filomena.

El capitán pirata ordenó desplegar las velas. La luna rielaba una estela que parecía un camino luminoso.
Desde aquella noche. La puerta de la torre de marfil y plata permaneció abierta de par en par. Ya no tenía nada que guardar. La princesa Filomena había decidido vivir fuera de su propio cuento.

domingo, 18 de marzo de 2012

Cuando Jessie Cruzó el Oceáno por Amy Hest

   
     En una humilde aldea, muy lejos de aquí había una pequeña casa, de techo inclinado. Dentro había dos camas estrechas, dos sillas y una mesa con un fino mantel de encaje. Una cocina de leña daba calor a la casa en invierno y calentaba el caldo.

     En esa casa vivía Jessie con su abuela.

     Tenía una vaca flaca –Minimú- y un pequeño huerto donde crecía alguna que otra zanahoria y a veces papas.

     Los padres de Jessie fallecieron cuando era apenas un bebé. Jessie guardaba el anillo de bodas de su madre en una cajita de plata forrada de encaje. De vez en cuando, se lo probaba.  

     Por las mañanas, cuándo los chicos de la aldea iban a las clases que daba el rabino, Jessie, por insistencia de su abuela, también iba. Por las noches, después de cenar, Jessie leía en voz alta. Practicaba la escritura a la luz de la lumbre, mientras su abuela cocía encaje. La abuela guardaba las monedas que ganaba en un frasco que había sobre la mesa.

     -Ahora lee tú, abuela, y copia con buena letra lo que yo he escrito. A Jessie le encantaba hacer de maestra.

     -Aprender a escribir yo-decía la vuela sonriendo.

     -Nunca se sabe, a lo mejor algún día quieras leer algo o necesites escribir una carta-decía Jessie.

     La abuela le enseñó a Jessie a hacer encaje.

     A menudo Jessie se pinchaba con la aguja.

     -¿Por qué tengo que aprender? – se lamentaba Jessie.

     -Nunca se sabe quizás algún día quieras coser algo o necesites ganar algún dinero-le contaba su abuela.
     Una noche, hacia finales de verano, el rabino convocó a todo el pueblo en la sinagoga.
     -Las noticias que llegan de América son tristes-dijo el rabino-. Mi buen hermano Mordecai ha dejado este mundo.
     Los del pueblo allí reunidos suspiraron y dijeron:
     -Que en paz descanse.
     -Poco antes de morir, Mordecai me envió un pasaje para América-el rabino hizo una pausa-. Quería que me reuniera con él.
     -¡América! ¡La tierra prometida!-exclamaron muchas voces al unísono.
     -Pero, ¡ay!-suspiró el rabino-¿Cómo podría dejar mi aldea? ¿Cómo podría abandonar mi congregación? Y con las manos en alto, añadió: Otra persona debe ir en mi lugar; alguien de mi elección.
    
     Todos comenzaron a hablar a la vez.
     -¡Rabino, sea razonable! ¡Elíjame a mí que soy inteligente!
     -¡Rabino, hágame caso! ¡Elíjame a mí que soy valiente! El rabino escuchaba atentamente: ¡Cuanta vanidad! pensó.
     -Esta noche le pediré consejo al Todopoderoso-dijo el rabino-. Váyanse a casa. Mañana tomaré una decisión.
    A la mañana siguiente, muy temprano, Jessie y su abuela recibieron una visita.
     -Ya he tomado mi decisión-anunció el rabino-. Jessie irá a América. Kay, la viuda de mi hermano, tiene un taller de costura en la ciudad de Nueva York. Jessie podrá ayudarla con la costura y hacerle compañía.
    A Jessie le empezaron a temblar las manos.
     ¿América?¡Quedaba tan lejos de su abuela! Se mordió el labio para no echarse a llorar delante del rabino. ¡Que no me haga ir! rogó en silencio.
     -Usted sabe lo que es mejor-fue lo único que atinó a decir la abuela. Pero por dentro su corazón se rompía en  mil pedazos. Mi querida Jessie, sola en un barco, rumbo a América. El corazón le decía una cosa, y la cabeza otra. Jessie debía partir.
     La primera semana pasó volando, y las dos siguientes también. Mientras tanto, la abuela preparaba el viaje de Jessie. La mañana en que el barco debía zarpar, llovía con tal fuerza que se confundían el cielo y el mar. ¡América! ¡Allí te esperan grandes cosas! Le había prometido su abuela.
     Jessie se apoyó en la barandilla, sujetándose el sombrero contra la lluvia y el viento. A sus pies tenía un pequeño baúl con algo de ropa y varios encajes. En el bolsillo de su abrigo Jessie guardaba la cajita de plata, forrada con encaje, pero el anillo de bodas de su madre no estaba dentro.
     -Guárdamelo, abuela-le había susurrado al darle un beso de despedida.
     -¡Abuela!-gritó Pero el barco ya se alejaba del muelle hacia el canal que desembocaba en el mar. Los paraguas desaparecían en la bruma. La lluvia golpeaba con fuerza el rostro de Jessie y le resbalaba por la nuca.
     Más tarde, sentada sobre el baúl, Jessie se echó a llorar.
     Los pasajeros sentían pena por la chica de pelo castaño rojizo con pecas de color jengibre. Pero, ¿Qué podían hacer? También ellos estaban asustados e incómodos por la falta de espacio y el frio que hacía,  ¿Cómo podían ocuparse de Jessie?
     El barco navegó en dirección oeste durante muchos días.
     Los primeros días, el barco fue azotado por fuertes temporales. Jessie se acurrucó sobre una esterilla, demasiado enferma para comer o dormir. No dejaba de pensar en su abuela, allá en la casita de techo inclinado, tan sola.   
   Al amanecer del cuarto día, salió el sol y por fin las ropas de los pasajeros se secaron. Jugaban a las cartas y, en ocasiones, discutían. Pero, sobre todo, conversaban intercambiando historias y sueños. El sueño de América, donde, según decían, las calles estaban pavimentadas con oro. América, la tierra de la abundancia.
     Jessie comenzó a coser para pasar el tiempo. La suavidad del encaje le recordaba a su abuela.
     Una niña de ojos almendrados se sentó en su regazo. Cantaron y jugaron juntas. Luego, Jessie le hizo un bolsillo de encaje, en forma de corazón, y se lo prendió al vestido. La niña se puso tan contenta que comenzó a bailar.
     Jessie le puso encaje al cuello y a los puños del abrigo raido de una pobre anciana, y quedó como nuevo.       
Un joven llamado Lou-hijo de un zapatero-observaba como Jessie hacia encaje.  
     -¿Cómo estás?-le preguntó, tocándose la punta del sombrero.
     Jessie sonrió.
     Lou sacó retales de piel de su caja de madera y le hizo unos zapatitos a un bebe, que se echó a llorar tan pronto como su madre se los puso.
     Por primera vez, Jessie rió.
     Más tarde, Lou y Jessie caminaron por la cubierta conversando. Compartieron un trozo de pan negro mientras el barco se balanceaba de un lado a otro y de popa a proa en el inmenso mar.  
     Al fin, un espléndido día de otoño, pasaron frente a la Estatua de la Libertad. ¡América!
     ¡Ahí estaba Nueva York!, con aquellos enormes edificios que parecían querer alcanzar el cielo.
     -¡Abuela!-musitó Jessie-. Como me gustaría que pudiese ver todo esto.        
El barco atracó en Ellis Island. Luego, vino el papeleo, la cola, las inspecciones. Otra vez la cola, más papeleo, de nuevo otra cola y, finalmente, el interrogatorio:
     -¿Cómo te llamas? – Jessie.
     -¿Cuántos años tienes? –Trece.
     -¿Eres casada? – No.
     -¿A qué te dedicas? –Hago encajes.
     -¿Sabes leer y escribir? –Sí.
     -¿Tienes alguna enfermedad? –No.
-¡Jessie!-la llamó una mujer pelirroja abriéndose paso entre la multitud-. Puedes llamarme Kay. Tenía una voz dulce y pausada. Abrazó a Jessie con ternura.
     -¿Dónde está Lou?- se preguntó Jessie mientras Kay hablaba sin parar-. Me olvidé de decirle adiós.    
     Kay vivía en el este del bajo Manhattan. Su casa estaba en un tercer piso. Había una bañera en la cocina y un taller de costura en el salón.
     Querida abuela:
     Te extraño mucho. Kay me está enseñando toda la cuidad. Ojalá pudieras ver  las carretillas, las tiendecitas y las carretas que pasan a toda velocidad por la calle. Hay demasiada gente en América, y las calles no son de oro. No hay vacas. Kay me compró un pepinillo de un barril. Mañana empezaré a coser para ella.
     Te quiere, Jessie.     
     Jessie eligió la silla amarilla que estaba cerca de la ventana del salón. Allí la luz era mejor para cocer y, además, podía ver la calle. Lo que más le gustaba era hacer encaje. Cuellos, puños, finas cintas. Todos los viernes Kay le daba tres monedas que ella guardaba en un frasco.        

     Una tarde, para entretenerse, Jessie prendió un corpiño de encaje a un vestido blanco que estaba sobre la mesa de cortar. También le puso encaje a las mangas.
     -¡Qué bonito vestido de boda!- dijo Kay.
     En ese mismo momento, Emily Levy entro en el taller. Al ver el vestido dijo:
     -Voy a casarme dentro de poco, ¿Me puedo quedar con él?
     El vestido de novia era precioso. Tanto, que la prima de Emily, Rachel Katz, quiso uno igual para su boda. En poco tiempo, el taller de Kay se lleno de novias.
    Un día, Kay le dijo:
     -Debes ir a la escuela. En América todo mundo habla inglés. Y quiero que mi Jessie también lo hable. Así que Jessie comenzó a ir a la escuela por las mañanas. A de Apple. B de Boy. C de Carrot.
     ¡El inglés no era nada fácil!
     Querida abuela:
     Te extraño más que nunca. Aquí hay una biblioteca con estantes repletos de libros. Me gustaría leerlos todos. Los domingo doy largos paseos por las calles de la cuidad y ya no me pierdo. Todos los parques están llenos de flores.


     Te quiere mucho, Jessie.
 El inglés de Jessie mejoraba. Sus encajes eran cada vez más bellos. Y así, transcurrieron tres años. Ya era una joven de dieciséis años.
     Un frío domingo de marzo, Jessie camino por la Quinta Avenida hasta llegar al parque. La nieve cubría los árboles. Los niños se deslizaban en trineos de un lado a otro. Jessie se sentó en un banco y se fijó en un joven, justo en el momento en el que el viento se llevaba su sombrero. Jessie soltó una carcajada. El joven se dio la vuelta. ¡Lou! Jessie no podía creer lo que veían sus ojos. ¡Lou, su amigo del barco! Jessie lo saludó con la mano. Y Lou, el hijo del zapatero, le devolvió el saludo. La hubiera saludado quitándose el sombrero, pero este ya estaba muy lejos.
     El domingo siguiente volvieron a encontrarse en el banco del parque. Y al domingo siguiente también.           
     Querida abuela,
     Tengo un amigo especial. Hace unos zapatos estupendos con retales de piel. Se llama Lou. Te va a encantar, abuela. Te lo prometo.
     Te quiere, Jessie.
     Una noche, Jessie conoció a los padres de Lou, a su hermano, y a sus tres hermanas. Jessie les llevó una cesta de pan, adornada con un precioso encaje. Cuando se fue, las dos hermanas más pequeñas se echaron a llorar.
     -Cásate conmigo- le pidió Lou, al salir de la casa.
     -Pronto-le respondió Jessie con una sonrisa, tomándole las manos.     
      Pasaban los días y las semanas. Jessie hacia encajes de la mañana a la noche. Pasaron los meses y Jessie seguía cociendo y cosiendo. Hasta que un día el frasco se llenó de monedas. Se lo llevó a un hombre que vendía pasajes para América.
     -Quiero un pasaje para mi abuela-dijo.
     Todos los días, Jessie bajaba corriendo los tres pisos para recoger el correo. Por fín, un día de mucho viento, llegó la ansiada carta. La letra era temblorosa, pero Jessie sabía que su abuela había escrito todas y cada una de las palabras.
     Querida Jessie,
     He cosido el pasaje al forro de mi abrigo. Ya me he despedido de todos en el pueblo. El rabino se va a quedar con Minimú.
     Tu querida abuela.      
     La mañana que el barco atracó en el puerto de Nueva York, llovía con tanta fuerza que se confundían el cielo y el mar. A Jessie le pareció que su abuela estaba más débil y que había envejecido desde la última vez que la vio. Se abrazaron largo rato.
     -Traje algo para ti del otro lado del mar-le dijo su abuela. Y diciendo esto, le puso en su mano el anillo de bodas de su madre.
     Y juntas se fueron a casa. ¡Pronto habría boda!