miércoles, 9 de mayo de 2012

La Princesa y el Pirata de Alfredo Gómez Cerda y Teo Puebla


La princesa Filomena vivió hace muchos años en un lejano país y en lo alto de una torre de marfil y plata.

La torre de marfil y plata se alzaba junto a la orilla del mar. Desde lo alto algunos días, el mar parecía confundirse con el cielo igualmente marino. No se distinguía bien donde terminaba el uno y comenzaba el otro.
Al atardecer, los últimos rayos del sol incendiaban alguna nubecilla y teñían de púrpura las paredes de la torre. Entonces, la princesa Filomena se asomaba a una ventana y, con gran parsimonia, peinaba sus largos y negros cabellos. Al ritmo del peine, cantaba una suave y dulce canción. Su voz se convertía cada tarde en un regalo para los sentidos. Hasta el impetuoso mar dejaba de agitarse durante unos minutos para escucharla.

Y así transcurría la vida de la princesa Filomena, tranquila y apaciblemente. Ella, sin duda, esperaba ese momento maravilloso que el destinto tiene reservado a todas las princesas. 
  Un día un jinete que motaba un impresionante caballo pardo escuchó a voz de la princesa Filomena. Espoleó al animal y se dirigió al galope hacia la torre de marfil y plata.

El jinete perdió el habla ante la visión de la princesa en lo alto, peinándose en la ventana.

-¡Oh!-solo pudo exclamar.

La princesa miró hacia abajo, detuvo el movimiento de su mano, dejando enganchado el peine entre sus cabellos, y preguntó:

-¿Quién sois?

-Soy un príncipe-contestó el jinete.
La princesa se asomó un poco más por la ventana y miró al príncipe por curiosidad, pues jamás había visto a uno, a pesar de ser princesa.

Luego, volvió a preguntarle:

-¿Y qué deseáis?

-En realidad-respondió el príncipe-me dirigía al bosque. Tengo que encontrar allí a Blancanieves, la pobre mordió una manzana envenenada y está como muerta. Siete enanos la custodian día y noche.

-¡Qué interesante!-exclamó la princesa-¿Y qué sucederá cuando lleguéis?
-Besaré a Blancanieves y el trozo de manzana envenenada caerá de su boca. Entonces recobrará la vida. Nos casaremos y seremos felices.

-¡Fantástico!-exclamó la princesa.

-Sí, fantástico-ratificó el príncipe con cara de resignación y luego, cambiando de tono, añadió-pero…¡Si quisierais!

-Si quisiera ¿qué?-se extrañó la princesa Filomena.

-Si quisierais me quedaría con vos. Abridme la puerta de la torre. Dejadme subir. Seremos muy felices los dos, siempre juntos.
La princesa Filomena sonrió para sí y, dando la espalda al príncipe, continuó peinándose sus largos cabellos negros.

El príncipe entendió la respuesta. Desilusionado, tiró de las riendas de su caballo, lo hizo girar y abandonó al galope aquel lugar, en dirección al bosque donde la bella Blancanieves le esperaba en su ataúd de cristal.
Transcurrió algún tiempo.

Un buen día, muy cerca de la torre de marfil y plata, se detuvo una soberbia carroza, tirada por seis corceles blancos hábilmente guiados por un cochero.

Un apuesto joven descendió de ella con un fino zapato de mujer entre las manos. Se colocó debajo de la ventana de la princesa Filomena y allí permaneció como lelo, escuchándola, hasta que ella se percató de su presencia y dejó de cantar.

-¿Quién sois? ¿Qué hacéis con un zapato entre las manos?

-Ay-suspiró el joven-. No puedo dar crédito a lo que ven mis ojos, a lo que mis oídos oyen, a todo lo que mis sentidos perciben…

-No habéis respondido a mi pregunta-insistió la princesa, indiferente a tanto halago.

-Soy un príncipe y busco a la dueña de este zapato.

-¡Qué risa!

-Anoche lo perdió en las esclareas de mi palacio.

¿Y no sabéis dónde se encuentra?

No, y eso y es lo malo. Llevo todo el día dando vueltas y probando el dichoso zapato, pero ahora…

-Ahora…¿qué?

-Ahora he quedado cautivado por vuestra voz y por todos vuestros encantos. Dejadme entrar en la torre y ,me olvidaré del zapato para siempre.

-¿Y la dueña?

-Que espere eternamente. Os aseguro que los dos seremos muy felices dentro de la torre.

Entonces la princesa Filomena se volvió dando la espalda al joven príncipe y continuó peinándose como si nada hubiese sucedido.

El joven príncipe regresó cabizbajo a su carroza y, sin soltar el zapato, se introdujo en ella. La carroza, tirada por los seis briosos corceles blancos, partió como una exhalación.
Y el tiempo, claro, siguió transcurriendo.

Otro día, un joven que pasaba por un camino próximo y que se dirigía a cazar por los alrededores, escuchó también el dulce canto de la princesa Filomena. Hizo callar a su inquieto lebrel y siguió la dirección de la hermosa voz hasta llegar a la torre. Allí sintió que su corazón volaba hasta la ventana donde la princesa peinaba su larga melena negra y suave. -¡Qué sorpresa tan grata!-exclamó.

Al oír aquella voz, le princesa Filomena dejó de peinarse y miró al joven.

-¡Un cazador!-se sorprendió.

-Aunque me veáis vestido de cazador-dijo el joven-, soy un príncipe. Pronto hederaré todas la posesiones de mi padre, el rey. Mientras llega ese día, ocupo mi tiempo en el noble arte de la caza.

-Pues no perdáis mas tiempo-replicó la princesa Filomena-.

Continuad vuestro camino.
En realidad…-prosiguió el joven príncipe-hoy no pensaba cobrarme ninguna pieza. Mi destino era bien distinto.

-¡Qué decís!-se extrañó la princesa.

-Debo perderme en la espesura del bosque. Allí encontraré a una bella joven que lleva cien años dormida.Un beso mío la despertará. Luego, nos casaremos y, además de reyes, seremos muy felices.

-¿Y qué esperáis para buscar a esa joven?

-Si me abrís la puerta de vuestra torre-continuó el joven con pasión-me olvidaré de la Bella Durmiente.
-¿Consentiréis que duerma eternamente?

-Consentiré.

No puedo creerlo.

-Os prefiero mil veces a vos. Abridme la puerta y me convertiré en vuestro vasallo más fiel.

La princesa Filomena bostezó con delicadeza, dejó que su mirada se perdiese entre las inquietas ondas del mar y, de nuevo, comenzó a peinarse.

El príncipe cazador prosiguió su camino en silencio, resignado y triste, seguido de su obediente y nervioso lebrel.
 
 Envuelto en una armadura que refulgía con los rayos del sol como una antorcha encendida, llegó otro día a la torre de marfil y plata un guerrero. Detuvo su marcha, también cautivado por la voz de la princesa Filomena que, como cada tarde, cantaba mientras peinaba sus largos cabellos.
-¿Sois realidad o fantasía?-preguntó el guerrero.
-Y vos…¿Sois de este mundo con esta facha?-respondió la princesa con otra pregunta.
-Soy el Príncipe Valiente-replicó el guerrero, enarbolando su larga lanza.
-¿A nada teméis?
-Ni al mismísimo diablo en persona.
-¿Y a dónde os dirigís?
-A ninguna parte y a todas. Voy a luchar contra un dragón, contra diez monstruos contra cien fantasmas…
-¡Oh!
-Pero una palabra que pronuncien vuestros labios cambiará mi destino. Abridme la puerta de la torre y dejaré mis armas para siempre. Decid solamente “si.”
Pero la princesa no respondió y, como en otras ocasiones, se limitó a peinarse con lentitud y delicadeza.
El príncipe valiente aún insistió:
-Atadme al menos a la punta de mi lanza vuestro pañuelo. Seréis mi dama allí donde yo combata-y alargó su lanza hacia la ventana de la princesa Filomena.
Pero le princesa se hallaba sumida en el cálido regazo de una melodía que sus labios daban forma de manera inigualable.
Entre chirridos metálicos de armadura, el Príncipe Valiente se marchó desolado.
Y así pasaron días, semanas, meses…tal vez años enteros.

Un atardecer, un barco pirata pasó cerca de la costa, con su bandera negra ondeando al viento. En el castillo de proa, rascándose la coronilla por debajo de su sucio pañuelo de lunares, el capitán pirata oteaba el horizonte con su único ojo pegado a un anticuado catalejo.
El capitán pirata era un hombre alto y ancho, muy robusto y algo viejo, de barba larga y descuidada. Un parche negro cubría uno de sus ojos. Un garfio de acero remataba uno de sus brazos y una pata de palo algo carcomida y agrietada por la humedad, sustituía a una de sus piernas.

El barco pirata pasó muy cerca de la torre de marfil y plata. Muy cerca. Los últimos rayos de sol  de aquella tarde deben al barco un aspecto algo irreal y algo mágico, casi fantasmal.
Cautivada por aquella visión, la princesa Filomena dejó de cantar. El peine con el que alisaba sus cabellos negros se le escurrió de las manos y cayó al suelo.

-¿Quién eres?-preguntó le princesa Filomena.

-Un pirata-respondió el capitán pirata.

-¡Un pirata!
-O mejor dicho, soy un capitán pirata.
Pero…¿Un auténtico capitán pirata?

El capitán se miró de arriba abajo, como para cerciorarse, y repitió con seguridad.

-Si, un autentico capitán pirata. Eso sí, algo viejo y algo cansado.

-¿Has viajado mucho?-siguió preguntando la princesa Filomena llena de curiosidad.

-No he hecho otra cosa en mi vida.

-¿Has visto muchos países?

-Muchísimos. Tantos que, ahora no puedo acordarme de ninguno.
Atraca entonces tu barco en la orilla y ven a mi torre de marfil y plata-dijo la princesa Filomena y luego, sin poder evitarlo, soltó una larga y ruidosa carcajada.

-¡Oh no!-dijo entre risas-. Los piratas nos aburrimos en las torres de marfil y plata.

-¿Y a dónde irás entonces?

-Los piratas nunca sabemos cual es nuestro destino. Nos dedicamos a recorrer los siete mares, simplemente.

-Pero…¿Existen de verdad siete mares?-la sorpresa de la princesa Filomena iba en aumento.

-Siete, o diez, o cuarenta, o mil…¡Yo qué sé! Contar mares es la cosa mas complicada del mundo. Yo me limito a navegar por ellos.

-Entonces…¡me iré contigo!
La princesa Filomena dijo estas palabras con los ojos muy abiertos, como si de repente hubiese vislumbrado algo prodigioso.

-¿Conmigo?-se sorprendió el capitán pirata.

-Sí, contigo. Te ayudaré a contar los mares.

El capitán pirata volvió a rascarse la coronilla por debajo del sucio pañuelo de lunares.

-¿De verdad quieres venir conmigo?-insistió aún con incredulidad.

-Espérame a media noche.
Había luna llena y la torre de marfil y plata parecía recién labrada. La princesa Filomena, a la media noche, abrió la puerta y corrió hasta la orilla del mar.

El capitán pirata la esperaba en una vieja barca de remos. Le tendió su mano grande y fuerte y la ayudó a subir. Luego, impulsada por la fuerza del capitán pirata, la barca se deslizó suavemente hacia el navío.

El mar estaba en calma y la sensación de inmensidad emocionó a la princesa.

Una vez en el barco, el capitán pirata bebió un largo trago de un ron abrasador, se secó la boca con la maga de la camisa y miró a la princesa con su único ojo.

-¿Quieres un poco?-le preguntó.

La princesa Filomena agarró la botella por el gollete y la empinó sobre su boca. Bebió un largo trago, hasta que el fuego de aquel líquido endiablado le quemó la garganta.
-Será una larga travesía-comentó el capitán pirata.

-Eso espero-respondió la princesa Filomena.

El capitán pirata ordenó desplegar las velas. La luna rielaba una estela que parecía un camino luminoso.
Desde aquella noche. La puerta de la torre de marfil y plata permaneció abierta de par en par. Ya no tenía nada que guardar. La princesa Filomena había decidido vivir fuera de su propio cuento.

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